Las emociones, nuestra guía interna

Seguro que alguna vez has dicho: al mal tiempo buena cara; o tal vez te hayan aconsejado que hagas borrón y cuenta nueva o puede ser que hayas escuchado la expresión: los trapos sucios se lavan en casa.

Todas ellas, expresiones populares que nos invitan a darle la espalda a nuestras emociones. A dejar de sentir lo que estamos sintiendo y a seguir adelante. Hay varios mecanismos como evitar, controlar o tapar nuestras emociones. El problema es que a medio o largo plazo este mecanismo no es útil para atender y gestionar nuestras emociones.

Es habitual que ante acontecimientos dolorosos queramos protegernos dejando de sentir dolor o evitemos estar en contacto con lo que nos produce malestar, ya que evitamos a toda costa tolerar aquello que nos resulta incómodo, pero al evitar estar con contacto con nuestras emociones no solo no conseguimos que desaparezcan, sino que se harán más intensas.

Debemos aprender a regular las emociones, en lugar de intentar evitarlas. Y para ello es necesario que aprendamos a mirar hacia dentro, de este modo no solamente conseguiremos entendernos a nosotras mismas, sino también a los demás. Dentro de nosotras tenemos el poder de modular las cosas que nos ocurren. Escucharnos y atendernos son la base, más adelante veremos algunos tips sobre como empezar atender y a escuchar a nuestras emociones.

Pero primero es necesario que entendamos que las emociones son reacciones naturales en el ser humano. Se trata de reacciones ante determinados estímulos o vivencias que tienen un impacto sobre nosotros. Fíjate que si te pregunto lo que comiste ayer quizás no te acuerdes, pero si te pido que me expliques lo que estabas haciendo cuando cayeron las torres gemelas seguro que te acuerdas. Esto es debido a que almacenamos en la memoria aquellos recuerdos que han tenido un impacto emocional en nosotros, en cambio olvidamos la información que nos resulta poco relevante.

Por lo tanto, podemos decir que las emociones actúan como nuestra guía interna, son como una linterna que va arrojándonos luz en la oscuridad guiándonos.

Por eso, cuando no podemos identificar nuestras emociones, no sabemos poner nombre a lo que estamos sintiendo o no tenemos las herramientas para gestionar, comprender e interpretar nuestras emociones tenemos la sensación de andar perdidos, sin rumbo.  

Volviendo a la metáfora de la linterna, es importante remarcar que no hay emociones buenas ni malas, al contrario de lo que a la mayoría de nosotras nos han enseñado. Sí es cierto que existen emociones que resultan más agradables que otras, pero absolutamente todas las emociones tienen una función. Las emociones pueden ser “malas” cuando sobrepasamos el punto de homeostasis en el cual las emociones nos resultan útiles por más desagradables que nos parezcan (sintiendo por ejemplo el miedo). Pero si sobrepasamos el punto de homeostasis sintiendo las emociones de forma muy intensa es cuando se vuelven insostenibles y de difícil manejo (por ejemplo sintiendo pánico o experimentando ataques de pánico).

Las emociones actúan como mensajeras ya que traen consigo información muy útil y valiosa que tenemos que recoger y descifrar. Por ejemplo, el miedo tiene la función de protegernos ante una amenaza o peligro, es una emoción que procura por nuestra supervivencia. Si en la prehistoria un hubiéramos tenido miedo los leones se nos hubieran comido cuando íbamos a cazar poniendo en peligro la supervivencia de nuestra especie. Por lo tanto, el miedo es una emoción muy protectora y podemos estar muy agradecidos de tener la capacidad de sentirlo.

Aprender e indagar sobre la función que tienen las diferentes emociones es muy sanador y nos permite entender cual es el mensaje implícito que lleva cada emoción consigo. Pero independientemente de la función que tenga la emoción, hay algo más importante que esto.

Y es que tenemos la capacidad de acompañarnos ante cualquier emoción, más aún cuando no sabemos identificarla ni gestionarla. Acompañarnos significa no soltar la linterna y abrazarnos en el transcurso de ese camino oscuro, aun que no veamos la salida. Acompañarnos implica tolerar el malestar y recordarnos que tenemos a nuestra disposición una linterna que va arrojando luz y si la seguimos, nos indicará cual es el camino. Sin olvidar que no nos pasará nada malo por dejarnos sentir, no estaremos en peligro ni sufriremos en desmesura. Lo anterior son algunas de las creencias que más tenemos asociadas a sentir, creemos que nos hará más vulnerables, pero para nada es así.

Las emociones son nuestras aliadas, no nuestras enemigas. Son las que nos dicen lo que significan las cosas para nosotros, si algo es molesto (nos lo dice la rabia), si hay algún peligro (nos lo dice el miedo), si algo que hemos perdido era importante (nos lo dice la tristeza), y así con todas las emociones.

Si creemos que son nuestras enemigas y luchamos en contra de lo que sentimos para que desaparezca, nos peleamos contra nosotros mismos y gane quien gane, los que salimos perdiendo somos nosotros.

Vamos a ver algunos tips para escuchar y atender nuestras emociones:

No podemos empezar a escucharlas si estamos desconectados del cuerpo. El cuerpo es la herramienta que más tenemos a nuestro alcance que nos permitirá desarrollar la escucha interna. Si dejamos de escuchar al cuerpo hablará por si solo y empezará a hacernos notar alguna dolencia o molestia como señal de que debemos atendernos para empezar a sentirnos mejor.

Podemos empezar a conectar con el cuerpo fijándonos en las señales fisiológicas que acompañan a nuestras emociones. Por ejemplo, fijándonos en como las pulsaciones cardíacas se aceleran, se hace un nudo en el estómago y sentimos una presión en el pecho cuando aparece la ansiedad.

Notando como el cuerpo se tensa por completo, los ojos están más abiertos, se activa más el sentido de escucha y el cuerpo está hiper vigilante, ante el miedo. Y así con cada una de las emociones. Las señales fisiológicas que notamos en el cuerpo serán distintas dependiendo de que emoción estemos sintiendo.

Si no notamos las señales del cuerpo, o solo nos preocupamos de ellas cuando nos sentimos mal, pasaremos por alto muchas sensaciones. Por más que no prestemos atención a las sensaciones corporales, no es que las emociones dejen de estar allí, sino que se van acumulando en nuestro interior ya que evitamos notarlas. Y como decíamos anteriormente, acabaran saliendo y muchas veces la única forma que les queda de hacerlo es a través de nuestro cuerpo. A menudo, el cuerpo se enferma y es una señal de que debemos atendernos y escucharnos.

Lo anterior, nos ayudará a poner un nombre a aquello que estamos sintiendo. Este sería el segundo paso. Si no sabemos como se llama la emoción que estamos sintiendo, nos será muy complicado saber qué necesitamos para atendernos y regularnos. Muchas personas quieren empezar por aquí, pero primero es necesario bajar al cuerpo paso para después, poner un nombre a la emoción. Poner un nombre a la emoción nos ayudará a salir del típico bien y mal y a ir ampliando nuestro vocabulario emocional.

¿Cuándo te preguntan cómo estás automáticamente respondes: “bien”? Si has respondido afirmativamente es señal de que no te estas escuchando en ese momento y necesitas ampliar tu vocabulario emocional para salir del automatismo y empezar a tomar consciencia de como estás y como se siente tu cuerpo en ese momento.

Finalmente, es importante trabajar en los pensamientos y creencias que se relacionan con nuestras emociones. Si nuestros pensamientos no van orientados a ayudarnos con nuestras emociones, sino que nos culpamos por sentirlas, si nos avergonzamos por sentir o expresar una emoción, si nos juzgamos por sentir determinadas emociones (aunque sí las notemos) las emociones pueden encapsularse también, en lugar de ser gestionadas.

Para ello es importante ver qué emociones nos resultan más difíciles de gestionar y entender de que entorno partimos, es decir, ver como se relacionan nuestros padres con las emociones, como ha sido estar en contacto con las emociones en casa, si había emociones prohibidas o de las que no se hablaba, etc. En definitiva, trabajar las creencias que se relacionan con determinadas emociones y que dificultan que las podamos escuchar y atender.

Todas estas herramientas nos serán de ayuda en el camino de estar en contacto con nuestras emociones. Es muy importante y necesario para nuestro bienestar y salud mental, que aprendamos a acompañarnos en nuestras emociones, y esto es lo que hacemos en psicoterapia. Si ya has trabajado previamente a nivel emocional puede que te resulte fácil aplicar estos tips, pero si por el contrario ves que te resulta complicado hacerlo por tu cuenta, te recomiendo que no lo hagas sola y pidas ayuda profesional.

A demás de trabajar en lo anterior, en psicoterapia aprendemos a acompañarnos.  Entendiendo acompañar como estar allí, tolerando la incomodidad y poder decirle a esa parte que se siente asustada (si lo que sentimos por ejemplo es miedo) que la vemos, la sentimos y la acompañamos. Aún sin saber muy bien que hacer, aún que no la entendamos bien le podemos decir que estamos aquí y no la juzgamos. Le decimos que quizás no la comprendemos del todo, pero la aceptamos. Aceptamos que se sienta asustada. Y nos acompañamos en esta situación, sea cual sea. Ya que no es ni peor ni mejor, es lo que es y así lo aceptamos.

Comparte este post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

En los más de 6 años dedicándome al desarrollo de la Psicoterapia me he dado cuenta que desde bien pequeña me interesé por la conducta alimentaria deseando descubrir qué se escondía en la otra cara de la moneda. La conducta alimentaria me parece fascinante, amo mi profesión y no me canso de aprender con lo que la formación y actualización son mi máxima.

Lo más leído