Entrevista a la vista con Elena Castro – Experiencia de recuperación de un trastorno alimentario

Elena, primero de todo quería agradecerte tu predisposición a la entrevista y al directo de Instagram. No es fácil hablar abiertamente y con el corazón de lo que nos ha ocurrido en el transcurso de la vida, más si se trata de un problema en relación a la alimentación. Pienso que hablar de ello y querer afrontarlo es de valientes. Así que muchas gracias.

Muchas gracias a ti, Laura, por pensar en mí para esta entrevista.

Primero de todo Elena, me gustaría que te definieras. Si alguien hablara de ti y nos explicara cómo eres, ¿qué nos contaría?

Creo que de mí dirían que soy una persona intensa de fuertes emociones. Con mucho carácter, un poco de mal genio, y mucho sentido del humor. Todo aderezado de un fuerte sentido social.

¿Cómo se fue gestando la relación tormentosa con la comida y no solo con la comida sino también con el cuerpo?

En mi temprana adolescencia, alrededor de los 13-14 años. Tengo muy vívido el recuerdo de ser una niña feliz y despreocupada, a la que le van poniendo delante los «defectos» de su cuerpo. Mi médica de cabecera, mi madre, mis compañeras de clase, los chicos de la pandilla, las amigas de mi madre… Todas estas personas encontraron necesario señalar que me sobraban unos kilos, que tenía las orejas de soplillo, el pelo de oveja, las piernas peludas, las cejas pobladas… Y, de repente, era necesario cambiar todo mi cuerpo. Y me lo creí.

¿Cómo y cuándo te das cuenta que lo que te sucede resulta un problema?

Cuando terminé la universidad, me cambié de ciudad, me vine a vivir a Madrid. Antes de hacerlo, llevaba unos meses a dieta (por enésima vez), y con las emociones del cambio, el nuevo trabajo, etc., sucedió lo que era previsible tras una dieta restrictiva: comencé con atracones, sobre todo pidiendo comida muy calórica a domicilio. Creo que fui medianamente consciente de que sucedía algo porque decidí ir al psiquiatra (era la única opción que yo tenía en aquel momento por circunstancias), resultando en una mala experiencia, pero creo que ahí fue la primera vez que empecé a pensar en mi TCA (trastorno de conducta alimentario) como el problema que era. Lamentablemente, por aquel entonces solo la bulimia y la anorexia eran reconocidos como tal por la mayoría de profesionales. Motivo por el cual vi retrasada mi recuperación, ya que el psiquiatra que me vio en aquel momento me dijo que lo que me pasaba era que me daba pereza cocinar. Tuvieron que pasar varios años más hasta que volví a tomar conciencia del problema como lo que realmente era.

Se suele pensar que los trastornos alimentarios solo tienen que ver con la comida, pero como ya sabes, no es así. Es como las patas de un pulpo, que son muchas y pueden agarrar varias cosas. Me gustaría saber qué áreas de tu vida abarcaba esa relación tormentosa con la comida y el cuerpo.

Esta pregunta tiene una complicada respuesta. Aunque no haya una mala intención, cuando creces oyendo constantemente aquello que tienes que mejorar o que está mal en ti, terminas por dar más importancia al aspecto físico y, en concreto, a tus defectos. Esto afecta a todas las áreas de tu vida: a la carrera que eliges, la profesión que crees que puedes desempeñar después, a las relaciones de pareja y amistad, a todas las decisiones de tu vida. Sin darme cuenta, creía que el mundo estaba reservado para las personas delgadas y que las gordas solo teníamos derecho a observar y a vivir vicariamente a través de nuestras amistades. Aún hoy trabajo para desechar de mi mente la idea de que mi vida será más emocionante, o atractiva o… cuando esté delgada. Llega un momento en el que, aquellas barreras que te ponían los demás por tu aspecto, te las acabas poniendo tú misma, y no aplicas para aquel trabajo porque temes exponerte a un juicio, o dejas de salir de casa porque tu cuerpo no parece adecuado para transitar las calles. Yo incluso me convencí de que no me gustaba viajar porque no quería estar tan lejos de mi lugar seguro (mi casa) cuando ya no pudiese soportar la exposición de mi cuerpo en la calle. Y cuando hablo esto con gente cercana me encuentro con que, en muchas ocasiones, no me comprenden. Es una situación muy amplia y solitaria. Yo me he encontrado con tener que reconstruir prácticamente toda mi vida con 40 años.

Vivimos en una sociedad godófoba, donde imperan unos cánones de belleza irreales y donde la belleza es autoimpuesta. Las mujeres queremos vernos bellas, queremos ser bellas y encajar en esos cánones, es por eso que hacemos auténticas aberraciones con tal de veros mejor. Aberraciones tales como someternos a dietas restrictivas, cirugía estética, uso de productos nocivos para nuestra salud, etc.; hasta incluso enfermar desarrollando un trastorno alimentario. ¿Has hecho alguna de estas acciones con tal de verte mejor?

Sí, totalmente. Y, lo peor de todo, es que no era consciente de que fueran aberraciones, sino que creía que era lo que tenía que hacer, y que el problema era cuando no lo hacía. Mi primera dieta restrictiva me la dio mi médica de cabecera fotocopiada cuando tenía 13 años, una dieta hipocalórica de 1500 cal. al día. Mi madre se encargó de que la siguiese (no puedo culparla, si una profesional médica decía que lo necesitaba, no tenía opción). Eso inició un periplo de dietas fotocopiadas que duró varios años, con las que adelgazaba los supuestos 5 kgs. que me sobraban, y engordaba 7 kgs. Y así hasta llegar a pesar 135 kgs.

En la última dieta que hice, hace unos 10 años, en la que adelgacé 40 kgs., era consciente de que me estaba matando de hambre, comiendo ensaladas a cada comida, cuando no me saltaba la comida directamente. Y no faltando ni un solo día al gimnasio. Y lo que pensaba era: “bueno, cuando esté delgada, ya enfrentaré ese problema. Lo importante ahora es perder este peso”. Con el efecto rebote de esa restricción prolongada recuperé 55 kgs.

En una ocasión incluso estuve yendo a un centro dietético que me atiborraba a productos adelgazantes, que a saber lo que llevaban, y no eran baratos precisamente. De nuevo, creía que era una centro completamente seguro y el método absolutamente saludable, porque se visten de farmacia o de centro médico, están a pie de calle y te prometen que conseguirás lo que la sociedad constantemente te exige. ¿Cómo puede ser malo un sitio así?

¿Cómo te sientes al ver que los cánones de belleza son irreales e inalcanzables?

Me produce una gran desazón que el mundo esté lleno de niñas y niños felices en su inocencia e ignorancia de los estándares corporales, como lo era yo, y que vayan recibiendo, cada vez a edades más tempranas, inputs que les hacen cuestionar su cuerpo, su imagen y su validez en general. Echando la vista atrás, ese proceso que yo viví, del que ahora soy tan consciente, lo siento como una ruptura de mi verdadero yo, que dejó de estar preocupada por vivir, a estar preocupada por el aspecto del vehículo que me facilita vivir. Me produce una gran tristeza saber que cada día miles de niñas se rompen como yo lo hice.

Muchas veces nos hacemos nuestra la gordofobia social y somos nosotras las primeras que tenemos miedo de vernos gordas. Digamos que se trataría de una gordofobia internalizada. ¿Qué consejo darías a las personas que se rechazan e intentan a toda costa cambiar la forma de su cuerpo?

Ojalá pudiera darles un consejo que les abriese los ojos, pero me temo que el proceso es largo y trabajoso y una ha de verse dispuesta a afrontarlo, encontrar que ese es “su” momento. La información (la información adecuada) es poder. Afortunadamente, cada vez hay más activistas gordas creando contenido para que aprendamos a cuestionar aquello que la sociedad nos ha impuesto como única verdad incuestionable. Leer a Magdalena Piñeyro; consumir cultura en la que las mujeres gordas tengan cabida, para acostumbrar a nuestros ojos a ver a maravillosas mujeres gordas como las bellezas que somos, independientemente de nuestro peso; seguir a activistas gordas o nutricionistas anti-dieta en las redes sociales… Lo primero que necesitamos hacer es desprogramar todo el aleccionamiento del que hemos sido víctimas, y todas estas influencias nos ayudarán a ello.

Ahora me gustaría que habláramos del proceso de psicoterapia ¿Podrías explicarnos cómo fue buscar ayuda profesional?

En mi caso, di muchas vueltas y tuve varias experiencias negativas, hasta que di con la profesional adecuada. Con esto no quiero asustar a nadie ni disuadirle de buscar ayuda, todo lo contrario. Lo que quiero es desmontar el mito que nos ha creado la ficción de que la primera terapeuta es la definitiva, que nos va a conocer mejor que nosotras mismas y que nos va a dar la vuelta del revés: no es así.

Lo primero que tenemos que hacer es comprender y anticipar que quizá la primera profesional que visitemos no será la adecuada para nosotras. Y no pasa nada, nos ayudará a definir mejor qué nos hace falta.

Si acotamos bien la búsqueda, es más fácil que acertemos a la primera. Yo siempre tuve claro que quería trabajar con una mujer, porque me sentiría más cómoda con ella y tendría la certeza de que comprendería por lo que estaba yo pasando. Ser gorde no es igual si eres hombre que si eres mujer, las consecuencias y ramificaciones son distintas. Por eso pensé que, además, quería que la profesional que me atendiese trabajase con perspectiva de género. Y, obviamente, tener conocimientos y experiencia en TCA y obesidad era un must. Por último, una vez aprendí sobre la «cultura de dieta», añadí una check box al perfil que tendría mi psicóloga ideal: que sea anti-dieta. Y así es como te encontré, Laura.

Quizá todo esto parece hilar muy fino, pero tras cuatro experiencias fallidas, necesitaba dar con la persona adecuada. Y estoy muy contenta con el camino recorrido porque me ha traído hasta aquí.

No debemos subestimar la importancia de elegir una buena profesional y de crearnos un perfil previo, ya que no dar en el clavo puede ralentizar nuestro proceso. Recuerdo que hace tiempo una amiga me comentó que tenía que adelgazar porque tenía la autoestima baja y su psicólogo le había recomendado perder peso, porque así se vería mejor y le subiría la autoestima. Mi reacción fue decirle que huyera en dirección contraria de un profesional de la salud mental que condiciona el quererse a una misma al peso que tengas. ¡No necesitamos a un profesional más diciéndonos que tenemos que «adelgazar para… »!

¿Podrías contarnos brevemente las diferencias entre el antes, el durante y el después de la psicoterapia?

Antes de la terapia me sentía perdida, sola y desahuciada. Invalidada en mi cuerpo y en mis emociones. Sin esperanza, pensando que el resto de mi vida sería igual.

Durante la terapia he pasado por multitud de estadios. Del escepticismo y pasotismo inicial fui pasando al interés, hasta llegar a la implicación total, y ahora estoy alucinada y agradecida del camino recorrido.

Después de terapia, aunque todavía no me veo en el momento de finalizar, sí que siento que es un antes y un después titánico. No lo parece durante el proceso porque es largo y arduo, no voy a mentir. Pero una vez he llegado aquí y echo la vista atrás, me doy cuenta de todo el camino recorrido y creo que todo el mundo debería pasar por terapia, para trabajar su inteligencia emocional y curar las heridas que la vida nos produce.

¿Qué te llevas del proceso de psicoterapia que estás realizando? Es realmente un proceso duro, mirar hacia dentro requiere de mucha voluntad, fuerza e introspección. Y vale la pena remarcar que no se trata de un proceso lineal, sino que tiene sus subidas y bajadas. ¿Dirías que vale la pena?

Completamente. Hay que estar preparada porque se abren muchos frentes, que se quedan abiertos un tiempo hasta que encajas y colocas. Entonces, las cosas empiezan a tener su sitio y empiezas a ver la luz, a querer colocar cada vez más cosas en su sitio, y los pesos se aligeran, el aire entra mas limpio y encuentras paz. Creo que, si tuviese que definir lo que me llevo en una sola palabra, sería esa: PAZ.

Y finalmente Elena, ¿Qué les dirías a las personas que están atravesando una relación tormentosa con la alimentación?

Eres suficiente, eres importante, eres válida. Eres especial. Eres única. No pasa nada si ahora te sientes mal, también es válido sentirse mal. Acompáñate, no te juzgues, contempla ese sentimiento y acéptalo. Pero, cuando quieras, cuando te sientas preparada, hay salida. Hay esperanza, hay solución.

Creo que eso es lo que querría haber oído en su momento.

Muchas gracias,

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En los más de 6 años dedicándome al desarrollo de la Psicoterapia me he dado cuenta que desde bien pequeña me interesé por la conducta alimentaria deseando descubrir qué se escondía en la otra cara de la moneda. La conducta alimentaria me parece fascinante, amo mi profesión y no me canso de aprender con lo que la formación y actualización son mi máxima.

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